Oaxaca

JORDI SOLER

Estar árbol a veces, es quedarse mirando (sin dejar de crecer)”, escribió Carlos Pellicer en su poema “Discurso por las flores”; lo hizo después de contemplar una ceiba enorme y la imagen, el concepto “estar árbol”, es una herramienta que nos sirve para enfrentar la hiperactividad del siglo XXI. Seguramente no hace falta aclararlo pero, por si acaso, lo hago: estar árbol no es lo mismo que serlo. Hace unos días, con el verso de Pellicer guardado en el bolsillo de la camisa (el que está, claro, del lado del corazón), fui a Oaxaca a combatir esa hiperactividad que, como todo lo diversifica y emborrona, no nos deja mirar, para crecer. La ciudad de Oaxaca y sus inagotables alrededores son el entorno perfecto para poner en práctica el “estar árbol” de Pellicer, porque la imaginación desbordada, plasmada desde siempre en toda clase de objetos y artefactos, es la electricidad que mueve esa zona del mundo. Es curioso cómo el sofisticado arte popular de Oaxaca, que es para mirarse, contrasta con esa música popular que tocan las bandas de la región, que es más bien elemental y nos sugiere que Oaxaca es un universo creado a partir de la vista y no del oído. En un taxi, que me llevaba de una punta a otra de la ciudad, el conductor me preguntó si había estado en Mitla; le dije que sí, que la mañana anterior, muy temprano para evitar la horda de turistas que, como la hiperactividad de nuestro siglo todo lo emborrona. El taxista me miró severamente desde el espejo retrovisor antes de decirme: muy mal, a Mitla no solo hay que ir, hay que dormir ahí, porque ese era el lugar donde reposaban los guerreros. De todo lo que me sugirió la excéntrica recomendación del taxista, recordé una idea de Ortega y Gasset que sirve para orientarse en el universo oaxaqueño: “El espíritu guerrero parte de una sensación vital contraria a la que late bajo el espíritu industrial”. Por las calles de Oaxaca deambula el fantasma de Francisco Toledo, toda esa imaginación deslumbrante y explosiva que es el motor de esta región, encuentra en la obra del pintor otra de sus encarnaciones; desde esta perspectiva, Toledo es Oaxaca, no solo por su obra, también por todo lo que hizo por su comunidad: una acción permanente que demuestra que lo más universal es lo local, que el centro del universo puede estar en cualquier punto. Caminando por el centro que creó en San Agustín Etla, ese espacio mágico y deslumbrante, que hoy parece un poco huérfano, se pregunta uno qué va a ser de la frecuencia universal de Oaxaca que con tanta maestría y generosidad conducía Toledo; sería una pena que se desatendiera ese legado pero, más allá de este, permanece ese espíritu guerrero, que Ortega anteponía al espíritu industrial y que es, como todo parece indicar, el camino más sensato hacia el futuro. Oaxaca nos demuestra a los habitantes de Occidente, y esta es una de sus grandes virtudes, que otra forma de vida es posible, que el tiempo no es necesariamente una flecha que corre de enero a diciembre a toda velocidad, que la productividad y el progreso, como lo concebimos nosotros, tienen ahí otra dirección y otra manera de manifestarse. Para entender esto, de golpe, basta ver a un artesano creando un alebrije, esas piezas fantásticas que no por ser muy famosas dejan de asombrar. El alebrije, la criatura donde se funden dos, o cuatro, animales de distintas especies, coincide con la síntesis que hizo André Breton para atrapar al objeto surrealista: la aproximación de dos realidades distintas, mientras más distintas sean, más rica será la realidad que producen. Cito a Breton porque su síntesis se ajusta a la criatura, sin perder de vista que el surrealismo es solo una corriente artística, mientras que el arte oaxaqueño es un universo completo. El artesano tarda varios meses en crear un alebrije, escarba y talla lentamente la figura en un trozo de ocote, el árbol que crece alrededor de su casa y después, durante varios meses, va pintando su creación, a un ritmo prohibitivo, y ya desconocido, para la industria occidental, con pinturas que salen de los elementos que encuentra alrededor de su casa, cochinilla, añil, miel, limón, cáscara de naranja o de granada; las pinturas, que no llevan sustancias conservadoras porque salen del entorno de su taller, se descomponen rápidamente, lo cual obliga al artesano a ir haciendo los colores conforme los va necesitando. La pieza que sale de ese largo proceso es parte de la naturaleza que la rodea, ha sido creada con los elementos que el artesano ha encontrado alrededor de su casa, lo cual nos lleva a considerar la siguiente paradoja: el mundo occidental, después de siglos de progresar solo hacia adelante, empieza a darse cuenta de que ese sistema va a terminar aniquilando el planeta y a sus habitantes; empieza a expandirse la idea de que es necesario echar mano de los elementos de nuestro entorno para revertir los estragos del calentamiento global, se nos invita, en pocas palabras, a conducirnos como lo ha hecho, durante milenios, la gente de Oaxaca, que siempre ha vivido en el mundo del futuro. Esto lo aprendí con la herramienta que nos regaló Pellicer, “estar árbol”, mirando a ese guerrero, que va a contrapelo del espíritu industrial, pintando despaciosamente su alebrije, invitándonos a sospechar que el mundo civilizado es ese, y no el nuestro que con tanto orgullo llamamos la civilización occidental.

Fuente Milenio

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